Hay países que es imposible ignorar.
Otros dejan su huella en silencio.
Georgia pertenece al segundo grupo.
Es un país que mucha gente ha oído nombrar pero le cuesta ubicar en un mapa.
Pequeño en tamaño.
A menudo pasado por alto.
Y, sin embargo, de algún modo mucho más grande que sí mismo.
Un escenario de ballet en Nueva York.
Una botella de perfume.
Un avión legendario.
Un nombre oculto tras un apellido famoso.
Puede que hayas conocido a Georgia sin darte cuenta.
Quizá por eso Georgia aparece en lugares inesperados.
No porque el país viajara.
Porque lo hizo su gente.
En 1921, un joven llamado Giorgi Balanchivadze salió de Tiflis.
Atravesó fronteras, lenguas y, finalmente, un océano.
El mundo llegaría a conocerlo como George Balanchine.
Generaciones después, el público sigue viendo sus ballets sin darse cuenta de que el hombre que ayudó a redefinir el ballet americano aprendió primero música y movimiento en Georgia.
Su apellido cambió.
Su influencia no.
Después estuvo Prince Georges Matchabelli.
Un noble georgiano que se encontró lejos de su hogar.
Como muchos emigrantes, llevó consigo fragmentos de su país
RECUERDOS
HÁBITOS
HISTORIAS
Y quizá también un poco de NOSTALGIA.
Años después, su nombre aparecería en tiendas de toda América a través de la casa de perfumes Prince Matchabelli.
El perfume se hizo famoso.
El país permaneció casi invisible.
Y, sin embargo, estuvo presente desde el principio.
Y luego estuvo Alexander Kartveli.
Un ingeniero de Tiflis que pasó su vida mirando hacia el cielo.
Su trabajo ayudó a moldear la aviación estadounidense e influyó en aviones pilotados por generaciones.
Millones vieron el resultado.
Pocos supieron que empezó en Tiflis.
Georgia rara vez llega de forma estruendosa.
Pero tiene la costumbre de quedarse.
Tres vidas distintas.
Tres caminos diferentes.
Un país pequeño al comienzo de todos ellos.
Quizá eso sea lo extraño de Georgia.
Durante siglos, la gente la dejó.
Algunos por elección.
Otros porque la historia no les dio alternativa.
Pero dondequiera que fueran, llevaron algo consigo.
Una forma de ver el mundo.
Una obstinación.
Una creatividad.
Una negativa a olvidar de dónde venían.
Y a veces esas cosas se convirtieron en ballets.
A veces en perfumes.
A veces en inventos.
A veces en historias.
El mundo recuerda sus resultados.
Pero el comienzo de la historia a menudo se olvida.
Un país pequeño.
Una historia difícil.
Y gente que llevó consigo un pedazo de él allá donde fue.
